De las webs de 99 € al Método IAO: las herramientas cambian, la misión no

Todo empezó mucho antes de flipaz. Y, en cierto modo, por culpa de una película…

A principios de los años 80, Juegos de guerra nos enseñaba a un adolescente conectando su ordenador a través de un módem y liándola bastante parda. Para muchos era ciencia ficción. Para nosotros fue una de esas primeras señales de que los ordenadores iban a cambiar muchas cosas.

Poco después llegó otra: en una visita a SIMO TCI vimos cómo alguien introducía una serie de datos en un ordenador y obtenía en apenas unas horas un proyecto que, dibujado a mano, podía requerir meses de trabajo.

Aquello era difícil de ignorar. Así que llegaron BASIC, Turbo Pascal, PageMaker, dBASE… y muchas horas aprendiendo programas nuevos, a menudo sin más profesor que el propio manual de ayuda.

Todavía no existía flipaz. Ni imaginábamos que algún día hablaríamos de SEO, inteligencia artificial o Método IAO. Pero empezaba a aparecer una costumbre que nunca nos ha abandonado: cada vez que surge una herramienta nueva, queremos entender qué podemos hacer con ella.

Cuando Internet todavía necesitaba muchas explicaciones

Las primeras experiencias profesionales nos llevaron hacia la publicidad y, poco después, hacia Internet. Participamos en proyectos web cuando todavía era bastante habitual tener que explicar a una empresa por qué podía interesarle estar en aquello que empezábamos a llamar «la Red».

También descubrimos algo que marcaría nuestra forma de trabajar: las grandes empresas podían acudir a agencias, contratar campañas y acceder a profesionales especializados. Los pequeños negocios jugaban otra partida. Una tienda, un autónomo o una empresa familiar difícilmente podían asumir aquellos presupuestos.

Pero también necesitaban darse a conocer.

Así que encontramos nuestro sitio precisamente ahí: buscar herramientas económicas y sencillas que, combinadas con creatividad, permitieran a un pequeño negocio disponer de una publicidad atractiva y con personalidad propia.

En aquel momento, en nuestra zona ya existían empresas que habían conseguido abaratar las páginas web utilizando plantillas y produciéndolas prácticamente en serie. Era una solución válida al problema del precio, pero nosotros queríamos resolver también otra cosa:

  • Queríamos que una ferretería pareciese una ferretería.
  • Que una casa rural transmitiera cómo era realmente esa casa.
  • Que detrás de cada web pudiera reconocerse el negocio que había al otro lado.

Había que abaratar la tecnología. No la personalidad.

Y entonces llegaron las webs de 99 €

Cuando nació flipaz, en 2008, una de nuestras primeras propuestas fueron páginas web por 99 €.

Sí. 99 €.

Hoy puede parecer una cifra disparatada —y probablemente también lo era entonces 😂—, pero detrás había una idea muy concreta: si el presupuesto era el principal obstáculo para que un pequeño negocio entrara en Internet, había que buscar la manera de reducir ese obstáculo.

Y así empezamos a utilizar servidores gratuitos para alojar las primeras webs; de esta forma, el cliente prácticamente solo tenía que asumir el coste de su dominio. No teníamos las herramientas actuales. Ni WordPress era lo que es hoy. Ni existían muchas de las soluciones que ahora permiten crear y gestionar una web con relativa facilidad. Así que utilizábamos lo que había.

Y añadíamos aquello que ninguna herramienta podía hacer por nosotros: escuchar al propietario, conocer su empresa y utilizar la creatividad para que aquella web tuviera su propia personalidad.

Visto desde 2026, aquellas páginas tienen poco que ver técnicamente con las webs que hacemos hoy. Pero el principio que había detrás se parece muchísimo.

Cada herramienta nueva abría otra puerta

Internet evolucionó y nosotros fuimos detrás, probando todo aquello que pudiera ser útil para nuestros clientes.

Cuando Google empezó a desarrollar Street View, vimos una nueva oportunidad; conseguimos una cámara 360º y comenzamos a fotografiar negocios para que cualquier persona pudiera entrar virtualmente en ellos desde Google.

Restaurantes, tiendas, alojamientos, instalaciones…

Durante un tiempo recorrimos todo tipo de empresas haciendo fotografías panorámicas y publicándolas hasta conseguir la acreditación como fotógrafos de confianza de Google.

Después llegaron las fichas de empresa en Google y empezamos a ayudar a nuestros clientes a crearlas, completarlas y mantenerlas actualizadas. Las herramientas eran distintas, pero detrás seguía estando la misma pregunta:

¿Cómo podemos utilizar esto para que un pequeño negocio tenga más oportunidades de ser encontrado y elegido?

Y entonces apareció un problema que llevaba tiempo rondándonos…

El SEO que nuestros clientes no podían permitirse

Sabíamos que tener una web ya no era suficiente. Había que conseguir que Google la encontrara.

Durante mucho tiempo pensamos en crear contenidos SEO para nuestros clientes, pero nos encontrábamos siempre con la misma barrera: hacer bien ese trabajo requería muchas horas y esas horas tenían un coste. Para una pequeña empresa, mantener una estrategia continua de contenidos podía convertirse fácilmente en algo difícil de asumir.

Y para nosotros tampoco tenía sentido ofrecer un servicio a un precio tan bajo que hiciera imposible dedicarle el tiempo que necesitaba. Así que durante años hubo una pieza que sabíamos que podía ayudar a nuestros clientes, pero para la que todavía no habíamos encontrado una fórmula que funcionara para ambas partes.

Hasta que apareció otra herramienta. Y esta vez iba a cambiar bastantes más cosas de las que imaginábamos.

La inteligencia artificial hizo posible lo que antes no salía a cuenta

Hace aproximadamente dos años llegó a nuestras manos un proyecto web que, entre otros requisitos, debía incorporar optimización SEO.

Para entonces ya llevábamos un tiempo experimentando con inteligencia artificial. Así que decidimos utilizarla para ayudarnos con una de las partes que más tiempo consumía: trabajar los contenidos.

¡Y se encendió una bombilla!

💡 Ahora sí.

Si la inteligencia artificial podía ayudarnos con parte del trabajo más pesado, nosotros podíamos dedicar más tiempo al análisis, la estrategia, la revisión y el conocimiento del negocio.

De repente, aquello que durante años había resultado difícil de ofrecer a un pequeño cliente empezaba a ser viable. Podíamos crear contenidos SEO a un precio razonable sin convertirlos en textos fabricados en serie. Parecía que habíamos encontrado la herramienta que nos faltaba.

Lo que todavía no sabíamos era que, mientras utilizábamos la inteligencia artificial para aprender a hacer mejor SEO, íbamos a empezar a hacernos preguntas que nos llevarían bastante más lejos.

Y ahí empezó otra historia...

Cuanto más aprendíamos de SEO, más preguntas nos hacíamos

La inteligencia artificial nos había permitido resolver un problema práctico: hacer viable un trabajo que antes requería demasiadas horas para el presupuesto habitual de nuestros clientes. Pero ocurrió algo que no habíamos previsto…

Mientras trabajábamos los contenidos empezamos a aprender mucho más sobre SEO. Ya no se trataba simplemente de utilizar determinadas palabras o intentar aparecer en Google. Empezamos a entender mejor las intenciones de búsqueda, la estructura de la información, los enlaces internos, la relación entre unas páginas y otras…

Y cuanto más aprendíamos, más claro teníamos que el SEO por sí solo no explicaba cómo queríamos trabajar una web.

Porque una página puede estar perfectamente preparada para que Google la encuentre y, sin embargo, resultar incómoda, repetitiva o poco útil para la persona que llega hasta ella.

Podíamos conseguir que alguien entrara. Pero después había que conseguir que entendiera dónde estaba, encontrara lo que necesitaba y quisiera quedarse.

Nos faltaba una pieza.

Encontrar una web no sirve de mucho si después no la entiendes

En realidad, esa pieza tampoco era nueva para nosotros. Desde las primeras webs habíamos intentado que cada proyecto transmitiera la personalidad de la empresa que había detrás. Antes de empezar a diseñar, necesitábamos hablar con sus responsables, conocer cómo entendían su negocio, quiénes eran sus clientes, qué querían transmitir y qué les hacía diferentes.

Entonces no lo llamábamos experiencia de usuario. Simplemente nos parecía lógico.

Con los años empezamos a poner nombre a muchas de aquellas decisiones y a comprender que ser encontrado no era suficiente. La web también tenía que ser entendida.

El SEO nos ayudaba a llevar a las personas hasta ella. La experiencia de usuario nos obligaba a preguntarnos qué ocurría después. Y justo cuando empezábamos a ordenar todas esas ideas apareció una tercera pregunta:

¿Qué estaba pasando con la inteligencia artificial?

De buscar respuestas a recibir recomendaciones

La IA ya no estaba solamente ayudándonos a trabajar. También estaba cambiando la forma en que las personas buscaban información.

Google empezaba a incorporar respuestas generadas por inteligencia artificial y herramientas como ChatGPT o Gemini comenzaban a formar parte de la vida cotidiana de millones de personas. Poco a poco dejábamos de utilizar Internet únicamente para buscar páginas y empezábamos también a hacer preguntas directamente a una IA.

Y esas inteligencias artificiales no se limitaban a responder. Empezaban a recomendar:

  • Negocios
  • Productos
  • Servicios
  • Lugares
  • Soluciones

Así apareció una nueva pregunta que, en realidad, era muy parecida a todas las anteriores:

¿Cómo podemos aprovechar este cambio para que también sea una oportunidad para los pequeños negocios?

Empezamos a investigar, probar, equivocarnos, volver a probar y documentar lo que íbamos aprendiendo. Y de todas aquellas preguntas terminó naciendo el Método IAO: Inteligencia Artificial y Optimización.

Un método que intenta que una web pueda ser:

  • Encontrada por los buscadores.
  • Entendida por las personas.
  • Recomendada por los sistemas de inteligencia artificial.

SEO + UX + optimización para IA. Tres piezas que hoy parecen evidentes cuando las vemos juntas, pero a las que llegamos siguiendo exactamente el mismo camino que nos había acompañado desde el principio: aparece una nueva tecnología y nos preguntamos cómo convertirla en una oportunidad real para nuestros clientes.

Veinte años después, volvemos a estar en el mismo sitio

Hay algo bastante curioso en toda esta historia:

  • Hace años utilizábamos servidores gratuitos porque permitían reducir el coste de una página web y hacerla accesible para un pequeño negocio.
  • Hoy utilizamos inteligencia artificial porque nos permite reducir una parte del trabajo mecánico y dedicar nuestros recursos a aquello donde realmente podemos aportar valor.

Independientemente de la tecnología, el problema que intentamos resolver sigue siendo el mismo: seguimos trabajando con pequeños negocios que no disponen de enormes departamentos de marketing. Empresas familiares, autónomos y pymes que necesitan competir en un entorno digital cada vez más complejo sin poder destinar miles de euros todos los meses a hacerlo.

Y nosotros seguimos buscando herramientas…

Unas veces funcionan. Otras duran poco. Algunas desaparecen. Y de vez en cuando aparece una, que cambia completamente nuestra manera de trabajar. Pero nunca hemos creído que la herramienta sea la solución por sí misma.

La tecnología abarata procesos. No debería abaratar las ideas

Una plantilla puede reducir el tiempo necesario para construir una web. Una cámara 360º puede permitir enseñar un negocio desde cualquier lugar. Google puede ayudar a que una pequeña empresa aparezca cuando alguien busca un servicio cerca. Y una inteligencia artificial puede redactar en segundos un texto que antes requería horas.

Pero ninguna de esas herramientas conoce realmente el negocio:

  • No sabe por qué un cliente vuelve.
  • No sabe qué preocupa a su propietario.
  • No sabe qué servicio interesa potenciar, qué historia merece ser contada o qué pequeño detalle diferencia a esa empresa de otras veinte aparentemente iguales.

Para descubrir todo eso seguimos haciendo lo mismo que hacíamos cuando empezamos:

preguntar, escuchar y entender.

Después utilizamos las herramientas.

Quizá por eso, cuando miramos hacia atrás, reconocemos muchas de las ideas que hoy forman parte del Método IAO. Entonces no tenían nombre, simplemente era nuestra manera de trabajar.

Las herramientas cambian. La misión no.

No sabemos qué herramienta utilizaremos dentro de cinco años. Y mucho menos dentro de veinte. Probablemente algunas de las que hoy nos parecen imprescindibles habrán desaparecido y estaremos intentando entender otras que ahora mismo ni siquiera existen.

Nos tocará volver a aprender. A probar. A equivocarnos… Y seguramente volveremos a hacernos la misma pregunta:

¿Cómo podemos utilizar esto para abrir un poco más el camino a los pequeños negocios?

Porque, después de todos estos años, quizá esa sea la mejor forma que tenemos de explicar qué es flipaz:

No somos las herramientas que utilizamos. Somos lo que intentamos conseguir con ellas.

Las herramientas seguirán cambiando. Nuestra forma de trabajar también. Pero si dentro de otros veinte años seguimos aquí, esperamos que sea por la misma razón por la que empezamos: ayudar a que los pequeños negocios puedan competir un poco mejor.



CTA final sugerido

Después del último párrafo pondría un bloque sencillo, sin romper el tono:

¿Y tu negocio? ¿Está aprovechando las herramientas que existen hoy?

No necesitas utilizar todas las tecnologías que aparecen ni perseguir cada nueva moda digital. Necesitas descubrir cuáles pueden ayudarte de verdad y cómo utilizarlas sin perder aquello que hace diferente a tu negocio.

En flipaz podemos ayudarte a encontrar ese camino.

CTA: Cuéntanos tu proyecto


Traducir »
Scroll al inicio